(Pg. 110) Aparición en Galilea ante sus discípulos y mucha gente
« Que la paz sea con vosotros... »
Se produjo una brevísima pausa. Sé que puede parecer de locos. Yo mismo continúo haciéndome una y mil preguntas. Fue desconcertante. Las palabras sonaron perfectas en un escenario «perfectamente insonorizado».
«... Mi paz os dejo. »
E instantáneamente dejé -dejamos- de verle. Sencillamente (?) se volatilizó.

(Pg. 278) Jason hablando con Juan Marcos referente al nombre del caballo “POSEIDON”.
…Y el muchacho siguió empujándome hacia la leyenda de Poseidón. -Y se cuenta que ese dios griego creó al caballo con un golpe de su tridente... -Anfitrite, hija de Océano, rechazó a Poseidón. Y se escondió. Pero el dios envió a un delfín para que la localizara. Y finalmente la llevó ante el dueño de los mares. Y Poseidón recompensó al fiel mensajero convirtiéndolo en sol.
(Pg. 280) Y entre la penumbra, cuando me encontraba a dos pasos de la puerta de doble hoja, apareció aquel «hombre». ¿Apareció? ¿Entró? ¿Estaba allí? Imposible saberlo. La verdad es que casi tropecé con él. Y aturdido, al excusarme e intentar rodearlo, me habló en voz baja:
-No lo convertí en sol... Poseidón (?) lo transformó en una estrella. 
Y estupefacto, la bandeja resbaló entre mis dedos, cayendo con estrépito sobre el piso.
Y el «hombre», sonriendo, se inclinó. Recogió la pieza y, al entregármela, susurró:
-Tampoco es para tanto...
(Pg. 281) A sus discípulos:
-Que la paz sea con vosotros...
(Pg. 282)
Y la voz grave y potente adoptó un tono serio pero igualmente cálido y familiar:
-Os pedí que permanecierais aquí, en Jerusalén, hasta mi ascensión junto al Padre...
Los íntimos fueron secando las lágrimas. Pedro, en primera fila, se transformó. Yo diría que flotaba de alegría.
-Y os dije que enviaría al Espíritu de la Verdad, que pronto será derramado sobre toda carne y que os conferirá el poder de lo alto...
Codazos. Y algunos cuchichearon entre sí. Jesús, haciendo una pausa, aguardó. Nuevos codazos. Finalmente, empujado por sus compañeros, el renegrido rostro de Simón, el Zelota, se destacó en la penumbra. Y tartamudeando preguntó:
-Entonces, Maestro, ¿restablecerás el reino?... ¿Veremos la gloria de Dios manifestarse en el mundo?
Y cumplido el «encargo» se apresuró a retroceder, parapetándose entre los «instigadores». Simón Pedro, mirando fijamente al rabí, sin perder la arrolladora sonrisa, asentía con la cabeza una y otra vez. Pero el Maestro, girando hacia quien esto escribe, transmitió una clara y triste sensación de impotencia. Después, dirigiéndose al antiguo guerrillero, se lamentó:
-Simón, todavía te aferras a tus viejas ideas sobre el Mesías judío y el reino material...
Y la sonrisa de Pedro fue desvaneciéndose.
-No te preocupes -le alentó-, recibirás poder espiritual cuando el Espíritu haya descendido sobre ti... ¿El Espíritu? ¿A qué se refería? ¿En qué consistía ese poder?
Y el Maestro, alzando los brazos ligeramente, abrió las manos e intentó despabilar a los equivocados galileos. Y su voz vibró.
-Después marcharéis por todo el mundo predicando esta buena noticia del reino. Así como el Padre me envió, así os envío yo ahora...
Y los siempre tímidos gemelos, conmovidos, se aferraron de nuevo a las manos del Resucitado.
Jesús recuperó la sonrisa y cerró los dedos con fuerza, sujetando a los de Alfeo. Y exclamó como sólo Él sabía hacerlo:
-¡Y deseo que os améis y tengáis confianza los unos en los otros!
Y los once, con una sola voz, replicaron con un decidido «Sí, Maestro».
-Judas ya no está con vosotros -añadió apuntalando la petición- porque su amor se enfrió y porque os negó su confianza...
La alusión al Iscariote me sorprendió. Pero tendría que vivir el tercer «salto » para captar la dimensión de aquellas palabras.
(Pag 283)
-¿No habéis leído en las Escrituras que «no es bueno que el hombre esté solo»? Ningún hombre vive para sí mismo. Todo aquel que quiera tener amigos deberá mostrarse amistoso. ¿Acaso no os envié a enseñar de dos en dos, con el fin de que no os sintierais solos y de que no cayerais en los errores y sufrimientos que provoca la soledad?
»También sabéis que durante mi encarnación no me permití estar a solas por largos períodos. Desde el principio tuve siempre a mi lado a dos o tres de vosotros..., incluso cuando hablaba con el Padre...
Y agitando las manos, que aprisionaban las de los gemelos, calentó la voz, ordenando:
-¡Confiad, pues, los unos en los otros!
Días más tarde entendería también el porqué de esta insistencia en la confianza mutua.
E instintivamente, acusando el golpe, Bartolomé bajó los ojos. Y de pronto, con el tono desmayado, sin disimular un punto de amargura, concluyó:
-Y esto es hoy mucho más necesario porque vais a quedar solos...
Y los rostros se enturbiaron. Y los murmullos redoblaron como un presagio.
-La hora ha llegado...
Pedro y Juan Zebedeo se miraron sin comprender. Y algunos, apuntando con los dedos, intentaron preguntar. Pero el Maestro, con una inesperada gravedad en el semblante, los dejó con la palabra en la boca.
-Estoy a punto de regresar cerca del Padre...
Y soltando a los de Alfeo, les indicó que lo siguieran.
Dio media vuelta y con los ojos bajos caminó hacia la puerta.
Y los mudos testigos, paralizados por el anuncio, no pudieron -no pudimos reaccionar. Y lo vimos alejarse y descender por la escalera.
Y una vez más fueron las mujeres las que tiraron de aquel pelotón de perplejos e inútiles hombres.
Siete horas...
Pedro brincó sobre la mesa y movilizó al fin a sus compañeros. Y salieron a la carrera tras los pasos de María y Rode. Y quien esto escribe, como casi siempre, fue el último en abandonar el lugar. Y confundido, al ganar el patio, me llamó la atención el espanto de la servidumbre y los relinchos de Poseidón, al fondo del jardín. María Marcos y Rode, nuevamente abrazadas junto al fuego, tenían la vista fija en el portalón de entrada a la casa.
(Pg. 284)
La escena pudo durar un par de segundos. Miré al caballo y comprobé que, en efecto, se hallaba asustado. Extrañamente
asustado. Después María, sin palabras, extendiendo el brazo, me indicó la salida. Y olvidando incluso el cayado, me lancé tras el grupo. Pero, en el umbral, me detuve. Y retrocediendo recuperé la «vara de Moisés». 

(Pg. 285)
…corrí tras ellos.
El Maestro, en cabeza, caminaba con sus características grandes zancadas. Parecía tener prisa. Y detrás, a tres o cuatro metros, silenciosos, los once, procurando no perder la distancia. Y efectivamente descendieron por la abrupta cañada del Cedrón cruzando hacia la ladera oeste del cerro de los Olivos.
(Pg. 286)
Y al conquistar medio centenar de metros, poco más o menos a un tercio de la cima, el Maestro se detuvo. Y abandonando el senderillo, se introdujo en el olivar.
Jesús dio unos pasos y se asomó a la ladera, contemplando la ciudad. 
Y el Maestro, con la voz quebrada, les recordó lo ya expuesto en el piso superior de la casa de los Marcos.
-Os he pedido que permanecierais en Jerusalén hasta que recibáis el poder de lo alto.
»Ahora estoy a punto de despedirme de vosotros y ascender junto al Padre. Y pronto, muy pronto, enviaremos al Espíritu de la Verdad a este mundo donde he vivido...
Los discípulos, sin comprender, le miraban como niños.
-Y cuando él llegue difundiréis el evangelio del reino. Primero en Jerusalén. Después...
Y desplazando el rostro hacia este explorador, me salió al encuentro. Y me estremecí.
(Pg. 287)
-Después..., por todo el mundo.
Y la voz se tensó. Y repitió, traspasándome: -¡Por todo el mundo!
Y en ese instante lo supe. Aquella mirada de halcón me abrió el alma.
Y descendiendo sobre los once, dulcificando tono y semblante, continuó:
-Amad a los hombres con el mismo amor con que os he amado. Y servid a vuestros semejantes como yo os he servido.
Y recorriendo todas y cada una de las caras de los angustiados discípulos, añadió:
-Servidlos con el ejemplo... Y enseñad a los hombres con los frutos espirituales de vuestra vida. Enseñadles la gran verdad...
Y dejó correr el silencio.
-Incitadlos a creer que el hombre es un hijo de Dios. Nueva pausa. Y los corazones se detuvieron. -¡Un hijo de Dios!
-El hombre es un hijo de Dios y todos, por tanto, sois hermanos.
Y levantando el rostro cerró los ojos. Y se bebió el azul del cielo. Y al abrirlos vi en ellos el universo.
-Recordad todo cuanto os he enseñado y la vida que he vivido entre vosotros...
Y adelantándose, fue a posar las manos sobre la cabeza de los atónitos galileos.
-Mi amor os cubrirá.
Y la frase fue repetida once veces. Mejor dicho, doce.
Porque, al concluir, avanzó hacia quien esto escribe. Y al llegar a mi altura, en un gesto típico, depositó las manos sobre mis hombros. Y susurró:
-Mi amor os cubrirá...
Y aquellas palabras -al rojo blanco- me marcarían para siempre.
-¡Hasta muy pronto!
Y con un certero guiño de complicidad me ahogó en una sonrisa. Y dando media vuelta, dirigiéndose de nuevo a sus íntimos, concluyó:
-Y mi espíritu y mi paz reinarán sobre vosotros. Y alzando los brazos gritó:
-¡Adiós!

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